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Los malvinenses son personas como nosotros

Yo que viví la guerra de las Malvinas con dolorosa lucidez, me siento ahora sofocado por un clima parecido. La presidente de la Nación actúa como el general Galtieri, sólo que en vez de mandar a las fuerzas armadas recurre al bloqueo y presiona por la solidaridad continental para hacerles la vida imposible a los tres mil habitantes de las islas.
Galtieri apeló al espíritu patriótico de los argentinos para oxigenar el desgastado y fracasado gobierno militar, en el que todos estaban peleados con todos. Cristina tiene necesidad de desviar la atención de la ciudadanía de gravísimos problemas económicos, ambientales, de pobreza y de exclusión que hereda de su propio gobierno, tan ineficaz en esas cuestiones como lo fue el proceso.
Y al igual que Galtieri, pareciera (no lo afirmo) que está logrando despertar el sentimiento irracionalmente nacionalista de una gran mayoría de argentinos, incluyendo a los políticos e intelectuales.
En 1982 la Plaza de Mayo rebalsó de argentinos espontáneos que aclamaron a las Fuerzas Armadas y al mismísimo Galtieri. El dictador hasta se dio el lujo de salir al balcón de la Casa Rosada para recibir la jamás esperada caricia del calor popular. Y también me acuerdo de que todos los políticos prominentes de esa época, con la honrosa excepción del doctor Arturo Frondizi y del ingeniero Álvaro Alsogaray, quienes se opusieron a la guerra desde el mismo momento del desembarco, fueron orgullosos y eufóricos a Puerto Argentino a cantar el Himno y a izar el pabellón nacional. Todo era éxtasis nacionalista, gesta patriótica, lágrimas de emoción.
Pero perdimos la guerra. Por errores y horrores de los mandos, pero también por la lógica del sentido común: ¡estábamos peleando contra la OTAN!, por el capricho de un dictador a quien paradojalmente apoyaban la URSS y Cuba (los regímenes totalitarios que habían financiado y entrenado a la misma guerrilla que nuestros militares se encargaron de aniquilar sin el menor apego a la ley y el derecho).
Y, precisamente, lo que me inquieta treinta años más tarde, es la opinión de los políticos, periodistas e intelectuales de hoy, que no han cambiado mucho, siguen pensando como se pensaba en 1982. La idea predominante en todos ellos es que no debemos dialogar ni negociar nada con los isleños sino con Londres, la metrópolis colonial. Y por pensar así no vacilamos en dejar a tres mil personas desabastecidas, y si fuera posible, sin comida ni agua. Por el momento lo único que logramos con esta “lógica emocional” es enfurecer cada vez más a los malvinenses contra nosotros.
Pero es posible pensar de otra manera sin renunciar por ello a nuestros legítimos derechos. En primer lugar, reconocer que los isleños tienen ahora relativa independencia y manejan sus intereses económicos con autoridades propias democráticamente elegidas. En segundo lugar, que son seres humanos, no tienen la culpa del laberíntico proceso histórico que sufrieron nuestras islas a lo largo de siglos. Ellos se sienten ingleses y quieren ser ingleses, nacieron allí, son pacíficos, conforman una pequeña comunidad con los mismos derechos humanos que nosotros. Es verdad, ocupan un territorio que es nuestro. ¿Pero acaso no son más importantes las personas que los territorios? Piensen, estimados amigos, en este concepto que acabo de expresar, y no me extrañaría que alguno lo rechace. Repito entonces la pregunta: ¿Acaso no son más importantes las personas que los territorios? Pues sí, lo son, definitivamente lo son: personas de cualquier nacionalidad, etnia, religión o cultura. Todas las personas son iguales ante Dios y ante la ley, todas son merecedoras del mismo respeto, trato humano y derechos de vivir libremente como lo deseen mientras no molesten o atenten contra la libertad de los demás. Y los tres mil malvinenses entran en esa categoría, guste o no guste.
Ellos son personas como nosotros, viven por azar en una tierra con la que mantienen un lazo de pertenencia muy profundo, tierra que ellos no tomaron por la fuerza porque nacieron allí y cuyos antepasados hace mucho tiempo que estuvieron allí. No estoy insinuando que debamos renunciar a las Malvinas. Siempre reivindicaremos esas islas porque son legítimamente argentinas. Pero entre tanto, hacer que los isleños nos odien más de lo que nos odian por todo lo que les hemos hecho y les seguimos haciendo, no tiene nada de patriótico ni de racional, es sencillamente una gran estupidez.
Son más los aspectos que nos unen a los isleños que los que nos separan. Debiéramos, no aislarlos ni intentar que LAN de Chile deje de volar a las islas sino, al contrario, competir con LAN haciendo que Aerolíneas Argentinas haga vuelos regulares a las Malvinas; debiéramos sentarnos a hablar con ellos para acordar la forma más equitativa y sustentable de explotar la pesca en un mar que compartimos y que está siendo depredado; debiéramos hacer un convenio de cooperación para la explotación del petróleo con claras normas compartidas de protección ambiental y preservación del recurso ictícola. Los isleños necesitan tener contacto con nuestro territorio por razones comerciales, educacionales, sanitarias, culturales y económicas. Eso no implica reconocerlos como un estado independiente, porque la cuestión de la soberanía se defenderá siempre con el derecho internacional. Pero lo cortés no quita lo valiente: no necesitamos pelear eternamente con ellos para defender inclaudicablemente nuestros derechos territoriales, no necesitamos hacerles la vida imposible, fogonear su reclusión continental, trasnformarlos en un gueto del mundo y menos alimentar su odio y su rechazo hacia todo lo argentino. Naturalmente no hablaremos con ellos de soberanía, pero tenemos muchas otras cosas para hablar y entendernos.
En resumen, por dos razones irrebatibles no podemos treinta años después seguir con la guerra sicológica contra los habitantes de las Malvinas : 1º) Los malvinenses son personas, y las personas siempre, siempre, siempre, están antes que los territorios; y 2º) Los argentinos tenemos mucho que ganar restableciendo cordiales relaciones con ellos, intercambios culturales, turísticos y económicos, y nada que perder, porque nuestros justos reclamos de soberanía son irrenunciables y los defenderemos con la ley y el derecho, pero jamás con el menosprecio, el ninguneo, la agresión y la violencia.

Por Enrique Arenz


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