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“A proposito de Maradona y los ejemplos”

Diego Maradona no tiene la culpa. Pero tampoco es inocente. Cómo se explica tamaña contradicción?. Veamos la misma situación desde tres ángulos diferentes.
a) La privacidad de las personas públicas. Es un secreto a voces que uno de los tantos precios que la diosa fama exige a sus súbditos tiene connotaciones propias de la arquitectura: de ahora en más tu casa tendrá paredes de cristal. La opacidad de esos vidrios irá disminuyendo a medida que tu fama aumente hasta tornarse totalmente transparentes al tiempo que el “elegido” llegue a tocar el cielo con las manos.
Parece cruel pero es así.
Hasta aquí no alcanza la protección de principio constitucional alguno. Claro que progresivamente crecerá entonces la responsabilidad de brindar buenos ejemplos porque ya nada de lo que se haga o diga quedará en la cálida penumbra de la intimidad.
Conclusión breve: la fama no es para cualquiera.
b) El fin y los medios. Una sociedad que privilegia los fines sin reparar en los medios para conseguirlos me parece que toma el camino errado. Expliquemos el tema en términos futbolísticamente entendibles.
Si interesa más una buena ubicación en un campeonato del mundo que la forma en que se llegó al sitial, sin duda que importarán más los destellos geniales del talento de Maradona que su conducta dentro y fuera de las canchas.
El sentido común indica que se debería reparar más en el horrible fútbol que jugó la selección nacional en Italia antes que en el subcampeonato obtenido o bien en la indisciplina y en los caprichos de Maradona antes que en el chispazo mágico de la jugada que posibilitó el inolvidable gol de Caniggia a los brasileños.
En el altar del éxito se inmolan los mejores valores de la vida. Llámense jugar bien al fútbol (que en definitiva no es otra cosa que un juego) o ser un buen tipo y mejor deportista.
Luego, cuando la realidad golpea a la puerta lo único que encontramos es el largo cortejo de llorosas “viudas de Maradona” –integrado por periodistas deportivos famosos, dirigentes de fútbol y funcionarios de gobierno- entonando patéticos himnos de alabanza al ídolo caído.
No está mal, les han cascoteado a la gallina de los huevos de oro y tienen derecho a defenderse. Pero otra cosa muy distinta, y nada honesta por cierto, es que pretendan formar una opinión que, como se entenderá, no brillará por su objetividad.
c) Los espejos donde mirarse. Desde diferentes sectores se escuchan lamentaciones por la frustración que supone para nuestra sociedad otro “ejemplo” que se cae (hubo tantas caídas antes y no sólo de deportistas!). Humildemente creo que la pena no tiene sentido. El problema no está en este final a todas luces previsible sino en la elección de la persona a quien se le confió una imagen que la superaba. La ligereza de un nombramiento oficial hecho a tontas y a locas alimentó “desde arriba” esta comedia de equívocos. Pero, como toda imprudencia, tuvo el final que merecía. Quizá algún funcionario del gobierno pueda hoy reflexionar sobre los malos consejos que da el oportunismo. Será bueno, pero ya es tarde.
En cambio propongo orientar nuestra búsqueda de espejos-donde-mirarnos, tan necesaria ciertamente, en un sentido diferente. Si los elegidos se llamasen Juan Pablo II, Ernesto Sábato o Luis Federico Leloir, seguramente los desencantos serían mínimos y la cosecha abundante.
Por ahora prefiero quedarme con el recuerdo del segundo gol de Maradona a los ingleses, modestamente una genialidad que debiera ser mostrada a los niños en los colegios para que desde temprana edad comprendieran que las obras de arte no sólo están colgadas en las paredes de los museos. Pero, por favor, nunca más lo presenten a Maradona como el ejemplo que jamás ha sido.
Tengan en cuenta que los argentinos, a fuerza de golpearnos tanto, ya no tenemos lugar para otro nuevo chichón

robertombemzo@yahoo.com.ar
(Esta columna de opinión fue publicada hace casi veinte años, el 11 de abril de 1991, en el Diario “La Capital” de Mar del Plata)



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